Según Juan Antonio Esclápez, experto en cítricos de Koppert, en 2026 el sector citrícola debe abandonar la búsqueda del «efecto choque» y consolidar el control biológico como pilar del manejo sanitario para adaptarse al nuevo escenario de plagas. El contexto actual, marcado por la reducción de materias activas químicas disponibles, está acelerando la transición hacia estrategias preventivas que combinan enemigos naturales, microorganismos beneficiosos y bioestimulación. La desaparición de materias químicas está obligando a la adopción de modelos preventivos integrados, donde el monitoreo y el acompañamiento técnico son determinantes para el éxito en campo. Este giro no es una moda, sino una respuesta técnica y comercial a las exigencias de 2026 y las proyecciones del mercado internacional.
El fin del ‘efecto choque’
El cambio de mentalidad es el primer reto: muchos agricultores todavía esperan respuestas inmediatas tras un tratamiento, pero en el enfoque biológico la eficacia depende del equilibrio del agroecosistema y de la anticipación. Según Esclápez, existen herramientas biológicas que ya muestran eficacia comparable a las soluciones químicas en cultivo de cítricos; por ejemplo, productos basados en Anagyrus vladimiri para cotonet y formulaciones con Aphytis melinus para piojo rojo de California y piojo blanco que están siendo empleadas con resultados constatables en parcelas comerciales. Soluciones como Citripar (Anagyrus vladimiri) y Aphipar (Aphytis melinus) están demostrando eficacia competitiva en campo, pero su rendimiento óptimo requiere integración en programas preventivos, no usos aislados.
La técnica y la estrategia sustituyen al golpe inmediato: el control biológico exige calendario, umbrales de intervención y protocolos de suelta ajustados a la fenología del cultivo y a la presión de plagas. El monitoreo continuo —trampeo, muestreo foliar y registros de depredadores— permite anticipar sueltas y minimizar reproducciones explosivas de plagas. Además, la integración con prácticas de manejo que favorezcan la biodiversidad de auxiliares (setos, cubierta vegetal controlada, refugios) potencia la estabilidad del sistema y reduce la necesidad de intervenciones recurrentes.
Un enfoque integral y tecnológico
La propuesta técnica de Koppert que describe Esclápez combina varios ejes: liberación de enemigos naturales, uso de microorganismos beneficiosos que mejoran la salud vegetal y bioestimulantes que aumentan la resiliencia del cultivo. La tecnología de producto influye en la eficacia de las sueltas; formatos innovadores como el sobre Ulti-Mite facilitan la instauración de auxiliares y reducen la mano de obra en la suelta, mejorando la logística en explotación. Pero el elemento más decisivo sigue siendo el acompañamiento técnico: saber cuándo, cómo y por qué realizar una suelta marca la diferencia entre un éxito sostenido y un resultado irregular.
Para trasladar la estrategia a la práctica, los asesores recomiendan procesos estandarizados pero adaptables: diagnóstico inicial de la finca (presencia de plagas, estado de auxiliares, histórico de tratamientos), calendarización de trampas y puntos de control, y evaluaciones periódicas para ajustar sueltas o introducir soluciones microbiológicas. En fincas donde se planifica la intervención desde etapas tempranas del ciclo vegetativo, la presión de plagas tiende a mantenerse en umbrales manejables, lo que reduce intervenciones posteriores y costes asociados.
Claves prácticas para productores:
Anticipación: actuar antes de que la plaga alcance picos poblacionales multiplica la eficacia del control biológico y reduce aplicaciones correctivas.
Asesoramiento continuo: soporte técnico para interpretar datos de monitoreo y ajustar sueltas evita errores como comenzar tarde o abandonar estrategias prematuramente.
Estrategia, no parches: integrar biológicos, microbiología y bioestimulación en un plan a temporada completa, en lugar de usar soluciones biológicas como tratamientos puntuales.
A modo de ejemplo concreto, en parcelas donde se combinan muestreos semanales, sueltas programadas de auxiliares y aplicaciones de bioestimulantes para mejorar vigor y sanidad, los técnicos observan reducciones sostenidas en incidencia de cotonet y piojo en comparación con parcelas que aplican tratamientos aislados. Esta relación causa-efecto —planificación y monitoreo → sueltas eficaces → menor presión de plagas— es replicable y medible cuando hay un seguimiento técnico riguroso.
De cara al futuro inmediato, Esclápez subraya que la inversión en control biológico es también una apuesta por la competitividad: reducir dependencia de materias activas evita resistencias y mejora el acceso a mercados con requisitos fitosanitarios más estrictos. Además, la adopción de protocolos preventivos puede optimizar costes a medio plazo, al disminuir la frecuencia de intervenciones y extender la vida útil de los auxiliares naturales en la explotación. La recomendación para 2026 y los años siguientes es clara: planificar, monitorizar y acompañar técnicamente las decisiones para convertir el control biológico en una herramienta fiable y rentable en cítricos.
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