Investigadores de la Universitat de Lleida han diseñado un protocolo de bioseguridad personalizado para granjas porcinas intensivas que reduce el riesgo de entrada de enfermedades procedentes de fauna salvaje, con especial foco en la peste porcina africana (PPA). El protocolo parte de auditorías y datos específicos de cada explotación para priorizar medidas según el riesgo real y orientar intervenciones prácticas. Esta herramienta se ha probado en 40 explotaciones representativas de varias comunidades y establece criterios que el Ministerio de Agricultura está previsto que incorpore en una guía técnica de referencia. El protocolo se probó en 40 explotaciones y sirve para priorizar medidas según el riesgo real.
Fallos en la contención de fauna salvaje
El estudio detecta que el principal factor de riesgo es el movimiento de jabalíes alrededor de las explotaciones y que su presencia depende tanto de las características del entorno como del propio diseño de la granja. Los resultados muestran déficits concretos en la contención: solo el 22,5% de las vallas perimetrales se consideraron impenetrables y el 45% se revisaban con una frecuencia inferior a 15 días, lo que deja ventanas de entrada significativas. Además, la mitad de las puertas de acceso evaluadas resultaron ineficaces para impedir la entrada de fauna salvaje incluso cuando estaban cerradas, lo que evidencia problemas de diseño y mantenimiento.
El trabajo también pone de manifiesto una brecha destacable entre la percepción de los ganaderos y la realidad detectada por las auditorías: aunque un porcentaje notable de titulares declara no haber observado jabalíes, los técnicos registraron pruebas de su presencia en el 47,5% de las inspecciones. La detección directa se complica por el comportamiento nocturno del jabalí y por factores ambientales como la acumulación de barro o la existencia de balsas de purín y cultivos próximos que actúan como puntos de atracción estacional.
Los fómites y la formación como barrera interna
El estudio subraya además que los objetos contaminados —ruedas de vehículos, calzado y ropa del personal— son vectores críticos para la transmisión hacia el interior de las instalaciones. Esta constatación refuerza la necesidad de separar de forma estricta las zonas sucias y limpias en las entradas, implantar protocolos de limpieza y desinfección obligatorios y disponer de rutas de tránsito que reduzcan el riesgo de transporte de material contaminado. Los autores insisten en que las campañas de sensibilización y la formación continua para ganaderos y trabajadores son esenciales para corregir hábitos y asegurar el cumplimiento de las medidas.
Sólo el 22,5% de las vallas fueron consideradas impenetrables y el 47,5% de las auditorías detectaron presencia de jabalí
Las soluciones propuestas por el protocolo son prácticas y jerarquizadas en función del riesgo identificado en cada explotación: refuerzo o sustitución de cierres perimetrales, rediseño de accesos y puertas para evitar puntos de aprehensión, establecimiento de áreas de tránsito para vehículos con estaciones de limpieza, y protocolos estandarizados para el tratamiento de equipos y ropa. El enfoque prioriza acciones con mayor relación coste-beneficio para facilitar su implantación en explotaciones de distinto tamaño.
Medidas prácticas y aplicación
Además de las intervenciones físicas, el protocolo recomienda rutinas concretas para personal y proveedores: control de visitas, cuarentenas para animales introducidos, registros de entrada y salida de vehículos, limpieza diaria de calzado y equipos, y auditorías periódicas para verificar la eficacia de las medidas. Para explotaciones ubicadas en zonas restringidas por PPA se prevé un uso intensivo de la herramienta de evaluación de vulnerabilidad para definir planes de protección obligatorios y calendarizados.
Los investigadores señalan que, aunque el estudio se focaliza en la PPA, el enfoque personalizado es transferible a otras enfermedades transmisibles entre especies y a riesgos derivados de cambios en el paisaje agrario. La aplicabilidad incluye la combinación de medidas físicas, formativas y administrativas adaptadas a la realidad de cada granja.
Perspectivas tecnológicas y de política pública apuntan a integrar este tipo de protocolos con sistemas de vigilancia digital y técnicas de agricultura de precisión para mejorar la detección y el mantenimiento de infraestructuras. Sensores en vallas, cámaras nocturnas con análisis automático de imágenes y trazabilidad digital de entradas y limpiezas son ejemplos de herramientas que pueden reforzar las barreras físicas y reducir la incertidumbre sobre la presencia de fauna.
En el plano institucional, la herramienta desarrollada sirve como base para una guía técnica que el Ministerio de Agricultura ultima para su publicación y difusión entre servicios veterinarios y asociaciones de productores. La expectativa es que la adopción creciente de protocolos personalizados reduzca la vulnerabilidad del sector porcino y facilite decisiones de inversión coherentes con la gestión del riesgo sanitario a medio y largo plazo. Los fómites —ruedas, calzado y ropa— emergen como vectores clave que exigen separación estricta entre zonas sucias y limpias.
En definitiva, el estudio propone un cambio de estrategia: pasar de medidas generales a planes de bioseguridad adaptados y priorizados por riesgo, combinando mejoras de infraestructura, protocolos operativos y programas de formación para minimizar la entrada y el impacto de la PPA y otras amenazas sanitarias en las granjas porcinas.
Foto - agrodigital.info